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viernes, 18 de marzo de 2016

Literatura infantil en Unitrópico,
 otro capítulo,
igual de fantástico




CREDO /Aquiles Nazoa

Creo en Pablo Picasso, Todopoderoso, Creador del Cielo de la Tierra;
creo en Charlie Chaplin, hijo de las violetas y de los ratones,
que fue crucificado, muerto y sepultado por el tiempo,
pero que cada día resucita en el corazón de los hombres,
creo en el amor y en el arte como vías hacia el disfrute de la vida perdurable,
creo en el amolador que vive de fabricar estrellas de oro con su rueda maravillosa,
creo en la cualidad aérea del ser humano,
configurada en el recuerdo de Isadora Duncan abatiéndose
como una purísima paloma herida bajo el cielo del mediterráneo;
creo en las monedas de chocolate que atesoro secretamente
debajo de la almohada de mi niñez;
creo en la fábula de Orfeo, creo en el sortilegio de la música,
yo que en las horas de mi angustia vi al conjuro de la Pavana de Fauré,
salir liberada y radiante de la dulce Eurídice del infierno de mi alma,
creo en Rainer María Rilke héroe de la lucha del hombre por la belleza,
que sacrificó su vida por el acto de cortar una rosa para una mujer,
creo en las flores que brotaron del cadáver adolescente de Ofelia,
creo en el llanto silencioso de Aquiles frente al mar;
creo en un barco esbelto y distantísimo
que salió hace un siglo al encuentro de la aurora;
su capitán Lord Byron, al cinto la espada de los arcángeles,
unto a sus sienes un resplandor de estrellas,
creo en el perro de Ulises,
en el gato risueño de Alicia en el país de las maravillas,
en el loro de Robinson Crusoe,
creo en los ratoncitos que tiraron del coche de la Cenicienta,
el beralfiro el caballo de Rolando,
y en las abejas que laboran en su colmena dentro del corazón de Martín Tinajero,
creo en la amistad como el invento más bello del hombre,
creo en los poderes creadores del pueblo,
creo en la poesía y en fin,
creo en mí mismo, puesto que sé que alguien me ama.




Marilyn en la morgue / Aquiles Nazoa

En el año ya lejanísimo
Mil novecientos treinta y dos,
Cuando en las últimas pianolas
Rodaba aún el charlestón
Y en las pantallas fulguraba
La mirada de Clara Bow,
Y mi hermana tenía un novio
Que había estado en Nueva York
Y yo tenía doce años
Y era un muchacho soñador
Y me bastaba verlo a él
Con su flagrante traje sport
-saco a rayas, gorra a cuadros,
Pantalón a lo Harold Lloyd-,
Y oí narrar sus aventuras
De fogonero
En un vapor
Y lavaplatos en Maniatan
Y bailarín de un music hall;
En esa época que digo
-¡era en el año treinta y dos!-
Ah me bastaba sólo eso
-¡yo era el tonto que aún soy!-
Para subirme a mis ensueños
Como quien sube a un ascensor.
Desde entonces ando en el mundo
Como anduviera Dreamy-Boy,
Viviendo en sueños la aventura
Que la vida nunca me dio.
Visto harapos de vagabundo,
Mi equipaje es mi corazón,
Viajo en los trenes de noche,
No tengo un diez para un hot dog,
Pero mastico mi esperanza
Como quien masca un chewing-gum
Y si me mata la tristeza
Echo una estrella en el juke box.
Nadie me espera, como nadie
Cuando salí me dijo adiós.
De dónde vengo no me importa
Como tampoco a dónde voy.
Cierto que soy un muerto de hambre,
Un vagabundo, un polizón,
Con el sombrero agujereado
Y los zapatos sin cordón,
Pero quien niega que soy libre,
Que soy tan libre como Ford
Y que a mis pies tengo la tierra
Como un magnífico balón
Para jugar al football-rugby
Y así olvidar de que soy:
De que soy un hombre sin casa,
Un hombre paria, un Dream-Boy,
Un John Smith desamparado
De quien se ha olvidado el amor,
Un prisionero de ciudades
Que a sí mismo se encadenó
Y que se arrastra por los trenes
De una prisión a otra prisión.
Y aquí está América a mis pies
Como un magnífico balón;
Puedo jugar con ella al rugby
O, si prefieren, al béisbol.
Un Rockefeller es el pitcher
Y un Rockefeller es el coach.
Pero juguemos a otra cosa,
Porque soy mal jugador,
Y lo que quiero con América
Es encontrarle el corazón.
Por hallárselo ando rodando de la Florida a Nueva York.
En Alcatraz viví cien años,
Tuve una novia en Oregón,
En Carolina fui John Brown
Y en Alabama fui Jim Crow;
En Chicago fui caletero
Y en Amalfi morí de amor;
Fui bailarín en Nueva Orleáns
Allá en el año treinta y dos,
Y ahora en un tren de madrea
Voy de Pittsburg a Nueva York
Con la esperanza ya perdida
De descubrir en cuál rincón
Dejó la América de Lincoln
Olvidando su corazón.
Qué contaré cuando regrese
A aquel mundo del treinta y dos
Cuando bastaba que mi amigo
Me saludara: -Hello boy-
Para que yo, muchacho tonto
Hiciera igual que Dream Boy
Y me subiera a mis ensueños
Como quien sube a un ascensor,
Para llegar a un mundo mágico
En donde estaba Nueva York
Ah, Marilyn, tu cruel América
Tu desdichada gran nación
Te ha destrozado entre sus manos
Como un paquete de pop corn.
Y allí estás, pálida manzana
Bajo tu luna de neón.







LA AVISPA AHOGADA
de Aquiles Nazoa


La avispa aquel día 
desde la mañana, 
como de costumbre, 
bravísima andaba.
El día era hermoso
la brisa liviana; 
cubierta la tierra 
de flores estaba 
y mil pajaritos 
los aires cruzaban. 
Pero a nuestra avispa 
-nuestra avispa brava- 
nada le atraía, 
no veía nada 
por ir como iba
comida de rabia.
“Adiós”, le dijeron
unas rosas blancas, 
y ella ni siquiera
se volvió a mirarlas 
por ir abstraída, 
torva, ensimismada, 
con la furia sorda 
que la devoraba. 
“Buen día”, le dijo 
la abeja, su hermana, 
y ella que de furia
casi reventaba, 
por toda respuesta
he echó una roncada 
que a la pobre abeja
dejó anonadada. 
Ciega como iba
la avispa de rabia, 
repentinamente,
como en una trampa, 
se encontró metida
dentro de una casa. 
Echando mil pestes
al verse encerrada, 
en vez de ponerse
serena y con calma 
a buscar por donde
salir de la estancia, 
¿sabeís lo que hizo?
¡Se puso más brava! 
Se puso en los vidrios
a dar cabezadas, 
sin ver en su furia
que a corta distancia
ventanas y puertas
abiertas estaban;
y como en la ira
que la dominaba 
casi no veía
por donde volaba, 
en una embestida
que dio de la rabia 
cayó nuestra avispa 
en un vaso de agua. 
¡Un vaso pequeño, 
menor que una cuarta 
donde hasta un mosquito
nadando se salva! 
Pero nuestra avispa,
nuestra avispa brava, 
más brava se puso
al verse mojada, 
y en vez de ocuparse, 
la muy insensata, 
de ganar la orilla
batiendo las alas 
se puso a echar pestes 
y a tirar picadas 
y a lanzar conjuros
y a emitir mentadas,
y así, poco a poco, 
fue quedando exhausta
hasta que, furiosa, 
pero emparamada, 
terminó la avispa 
por morir ahogada. 
Tal como la avispa
que cuenta esta fábula, 
el mundo está lleno
de personas bravas, 
que infunden respeto
por su mala cara, 
que se hacen famosas
debido a sus rabias
y al final se ahogan
en un vaso de agua.



Las Lombricitas / Aquiles Nazoa


Mientras se oía
Desde una rosa
La deliciosa
Marcha nupcial

Que con sus notas
Creaba ambiente
Completamente
Matrimonial.

Dos lombricitas
De edad temprana,
Cierta mañana
Del mes de abril

Solicitaron
En la pradera
Al grillo, que era
Jefe civil.

Al punto el grillo
Con dos plumazos
Ató los lazos
De aquel amor.

Las lombricitas
Se apechugaron
Y se mudaron
Para una flor.

Tras una vida
Dulce y risueña,
Con la cigüeña
Las premió Dios.

Y cuando abrieron
Las margaritas
Las lombricitas
Ya no eran dos.

La primorosa
recién nacida
pasó la vida
sin novedad.

Y al cuarto día
De primavera
Ya casi era
Mayor de edad.

Quiso ir entonces
A una visita,
Y su mamita
Le dijo: -¡No!
Mas de porfiada
Salió a la esquina
Y una gallina





AQUILES NAZOA, 
Venezolano, de Caracas a Caracas
(de 1920 a 1976)

Escritor, periodista, poeta y humorista, cuya obra proyecta los valores de la cultura popular venezolana.

 Nació en la barriada caraqueña de El Guarataro, en el seno de una familia de escasos recursos económicos. Fueron sus padres Rafael Nazoa, jardinero y Micaela González, ama de casa. 

Desde los 12 años trabajador y autodidacta 

Desde  aprendiz de carpintería, telefonista y botones del hotel Majestic de Caracas y empleado de una bodega, hasta que entra a trabajar en el diario caraqueño El Universal hacia 1935; donde trabaja como empaquetador, luego pasa al archivo de clisés y finalmente aprende tipografía y corrección de pruebas. 

Aprendió a leer el francés y el inglés, lo que le permitió en 1938. Actúa como periodista para periódicos como  El Universal a Puerto Cabello, El Verbo Democrático, El Morrocoy Azul; para las revistas   Élite y Fantoches. Se hace locutor en la emisora Radio Tropical. Escribe bajo seudónimo de «Jacinto Ven a Veinte», sus poemas Teatro para leer y columna de prensa como:  «Por la misma calle» y «A punta de lanza» (en esta ùltima firma como "Lancro")

En 1945, aparece en Caracas su libro El transeúnte sonreído y en 1948 obtiene el Premio Nacional de Periodismo en la especialidad de escritores humorísticos y costumbristas. 

Dos años después publica  sus libros El Ruiseñor de Catuche y Marcos Manaure, idea para una película venezolana, con prólogo de Juan Liscano. 

Nazo avive el exilio entre 1955 a 1958
.
De regreso a Caracas, colabora en la revista Dominguito, fundada en febrero de 1958 por Gabriel Bracho Montiel y en marzo de 1959, crea junto a su hermano Aníbal la publicación humorística: Una señora en apuros; de la que sin embargo no llegaron a salir sino unos pocos números. 

Una situación similar aconteció con El fósforo, aparecido en noviembre de 1960, en el cual su nombre encabezaba la lista de los editores; en definitiva tanto ésta última revista como Dominguito fueron clausuradas por las autoridades gubernamentales.

En 1960 publica en Caracas su libro de poemas Caballo de manteca  sus obras dentro del género poético.
En 1966 publica una compilación titulada Los humoristas de Caracas
En 1970 publica  La vida privada de las muñecas de trapo
En 1979 compilan sus obras bajo el título Humor y amor de Aquiles Nazoa

Además fue ensayista, conferenciante y divulgador de la cultura de su país. Muere en un accidente de tránsito en la autopista Caracas-Valencia. En su memoria se creó, por proposición de Pedro León Zapata, la cátedra libre de humorismo «Aquiles Nazoa», inaugurada el 11 de marzo de 1980.



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