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Poéticas... y otra antología inconclusa

viernes, 5 de septiembre de 2014






POEMAS CLÁSICOS PARA OCASIONES ESPECIALES

1,  ESTAR ENAMORADO ES...
del poeta argentino FRANCISCO LUIS BERNÁRDEZ:

2. TU DULZURA
de la poeta argentina ALFONSINA STORNI

3. YO NO SOY YO 
del poeta español   Juan Ramón Jiménez

4. TAL COMO ESTABAS
del poeta español Juan Ramón Jiménez


                                                      ESTAR ENAMORADO ES... 



Estar enamorado, amigos, es encontrar

el nombre justo a la vida.

Es dar al fin con las palabras que para hacer
frente a la muerte se precisa.
Es recobrar la llave oculta que abre la cárcel
en que el alma está cautiva.
Es levantarse de la tierra con una fuerza que
reclama desde arriba.
Es respirar el ancho viento que por encima de
la carne respira.
Es contemplar, desde la cumbre de la persona,
la razón de las heridas.
Es advertir en unos ojos una mirada verdadera
que nos mira.
Es escuchar en una boca la propia voz
profundamente repetida.
Es sorprender en unas manos ese calor de la
perfecta compañía.
Es sospechar que, para siempre, la soledad
de nuestra sombra está vencida.



Estar enamorado amigos, es descubrir dónde

se juntan cuerpo y alma.
Es percibir en el desierto la cristalina voz de
un río que nos llama.
Es ver el mar desde la torre donde ha quedado
prisionera nuestra infancia.
Es apoyar los ojos tristes en un paisaje de
cigüeñas y campanas.
Es ocupar un territorio donde conviven los
perfumes y las armas.
Es dar la ley a cada rosa y al mismo tiempo
recibirla de su espada.
Es confundir el sentimiento con una hoguera
que del pecho se levanta.
Es gobernar la luz del fuego y al mismo tiempo
ser esclavo de la llama.
Es entender la pensativa conversación del
corazón y la distancia.
Es encontrar el derrotero que lleva al reino de
la música sin tasa.



Estar enamorado, amigos, es adueñarse de

las noches y los días.
Es olvidar entre los dedos emocionados la
cabeza distraída.
Es recordar a Garcilazo cuando se siente la
canción de una herrería.
Es ir leyendo lo que escriben en el espacio las
primeras golondrinas.
Es ver la estrella de la tarde por la ventana de
una casa campesina.
Es contemplar un tren que pasa por la montaña
con las luces encendidas.
Es comprender perfectamente que no hay
fronteras entre el sueño y la vigilia.
Es ignorar en qué consiste la diferencia entre
la pena y la alegría.
Es escuchar a medianoche la vagabunda
confesión de la llovizna.
Es divisar en las tinieblas del corazón una
pequeña lucecita.



Estar enamorado, amigos, es padecer espacio

y tiempo con dulzura.
Es despertarse una mañana con el secreto de
las flores y las frutas.
Es libertarse de sí mismo y estar unido con
las otras criaturas.
Es no saber si son ajenas o son propias las
lejanas amarguras.
Es remontar hasta la fuente las aguas turbias
del torrente de la angustia.
Es compartir la luz del mundo y al mismo
tiempo compartir su noche obscura.
Es asombrarse y alegrarse de que la luna
todavía sea luna.
Es comprobar en cuerpo y alma que la tarea
de ser hombre es menos dura.
Es empezar a decir siempre, y en adelante no
volver a decir nunca.
Y es, además, amigos míos, estar seguro de
tener las manos puras.

Lee todo en: Estar enamorado - Poemas de Francisco Luis Bernardez http://www.poemas-del-alma.com/francisco-luis-bernardez-estar-enamorado.htm#ixzz3CUtxJEbL
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                              Francisco Luis Bernárdez



Francisco Luis BernárdezFrancisco Luis Bernárdez nació en Buenos Aires el 5 de octubre de 1900 y falleció en 1978. Hijo de padres españoles y su infancia estuvo influenciada por la generación del 98. Recibe además influencia de  amistades intelectuales del momento como Ramón María del Valle-Inclán, los hermanos Antonio y Manuel Machado y Juan Ramón Jiménez.
En su regreso a Argentina, se sintió identificado con las ideas del Grupo Florida, defiendo profundamente el ultraísmo y las tendencias europeas del momento; en esa época entabló una cercana amistad con Jorge Luis Borges y Leopoldo Marechal.
Entre sus poemarios más importantes (en su mayoría sonetos) pueden mencionarse "La ciudad sin Laura" y "Poemas de carne y hueso"; y entre sus poesías, "Para recobrar" y "Estar enamorado". A través de ellas puede verse a un poeta para quien el cuidado de las formas parecía una exigencia prioritaria a la hora de escribir; lo cual lo enlaza aún más con las ideas del movimiento del que formaba parte.


Lee todo en: Francisco Luis Bernárdez - Poemas de Francisco Luis Bernárdez http://www.poemas-del-alma.com/francisco-luis-bernardez.htm#ixzz3CUuRHY00


Tu dulzura / Alfonsina Storni




Camino lentamente por la senda de acacias,
me perfuman las manos sus pétalos de nieve,
mis cabellos se inquietan bajo céfiro leve
y el alma es como espuma de las aristocracias.

Genio bueno: este día conmigo te congracias,
apenas un suspiro me torna eterna y breve...
¿Voy a volar acaso ya que el alma se mueve?
En mis pies cobran alas y danzan las tres Gracias.

Es que anoche tus manos, en mis manos de fuego,
dieron tantas dulzuras a mi sangre, que luego,
llenóseme la boca de mieles perfumadas.

Tan frescas que en la limpia madrugada de Estío
mucho temo volverme corriendo al caserío
prendidas en mis labios mariposas doradas.

Alfonsina StorniEsta poeta argentina nacida en 1892 en Suiza es uno de los íconos de la literatura posmodernista. Con una infancia difícil y con carencias y luego una vida con recurrentes enfermedades, su poesía está impregnada de lucha, audacia, amor y una reivindicación del género femenino. S on inolvidables algunos de sus poemas: -
¡Adiós!
-  Alma desnuda
-  Queja
-  Tu dulzura
-   Dolor 



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YO NO SOY YO / Juan Ramon Jiménez
Soy este
que va a mi lado sin yo verlo; 
que, a veces, voy a ver, 
y que, a veces, olvido. 
El que calla, sereno, cuando hablo, 
el que perdona, dulce, cuando odio, 
el que pasea por donde no estoy, 
el que quedará en pié cuando yo muera. 


En el recuerdo estás tal como estabas.
Mi conciencia ya era esta conciencia,
pero yo estaba triste, siempre triste,
porque aún mi presencia no era la semejante
de esta final conciencia

Entre aquellos geranios, bajo aquel limón,
junto a aquel pozo, con aquella niña,
tu luz estaba allí, dios deseante;
tú estabas a mi lado,
dios deseado,
pero no habías entrado todavía en mí.

El sol, el azul, el oro eran,
como la luna y las estrellas,
tu chispear y tu coloración completa,
pero yo no podía cogerte con tu esencia,
la esencia se me iba
(como la mariposa de la forma)
porque la forma estaba en mí
y al correr tras lo otro la dejaba;
tanto, tan fiel que la llevaba,
que no me parecía lo que era.

Y hoy, así, sin yo saber por qué,
la tengo entera, entera.
No sé qué día fue ni con qué luz
vino a un jardín, tal vez, casa, mar, monte,
y vi que era mi nombre sin mi nombre,
sin mi sombra, mi nombre,
el nombre que yo tuve antes de ser
oculto en este ser que me cansaba,
porque no era este ser que hoy he fijado
(que pude no fijar)
para todo el futuro iluminado
iluminante,
dios deseado y deseante.



                                                     El amor / Juan Ramón Jiménez

El amor, a qué huele? Parece, cuando se ama, 
que el mundo entero tiene rumor de primavera. 
Las hojas secas tornan y las ramas con nieve, 
y él sigue ardiente y joven, oliendo a rosa eterna.

Por todas partes abre guirnaldas invisibles, 
todos sus fondos son líricos -risa o pena-, 
la mujer a su beso cobra un sentido mágico 
que, como en los senderos, sin cesar se renueva...

Vienen al alma música de ideales conciertos, 
palabras de una brisa liviana entre arboledas; 
se suspira y se llora, y el suspiro y el llanto 
dejan como un romántico frescor de madreselvas...






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una ñapa de lujo:

Nuestra educación



para los niños de uno a cien años
un CUENTOcuento:


La peor señora del mundo
Francisco Hinojosa
Tomado de Español de hoy y desde n'antes






En el norte de Turambul, había una vez una señora que era la peor señora del mundo. Era gorda como un hipopótamo, fumaba puro y tenía dos colmillos puntiagudos y brillantes. Además, usaba botas de pico y tenía unas uñas grandes y filosas con las que le gustaba rasguñar a la gente. A sus cinco hijos les pegaba cuando sacaban malas calificaciones en la escuela, y también cuando sacaban dieces. Los castigaba cuando se portaban bien y cuando se portaban mal. Les echaba jugo de limón en los ojos lo mismo si hacían travesuras que si le ayudaban a barrer la casa o a lavar los platos de la comida. Además de todo, en el desayuno les servía comida para perros. El que no se la comiera debía saltar la cuerda ciento veinte veces, hacer cincuenta sentadillas y dormir en el gallinero. Los niños del vecindario se echaban a correr cuando veían que ella se acercaba. Lo mismo sucedía con los señores y las señoras y los viejitos y las viejitas y los policias y los dueños de las tiendas. Hasta los gatos y las gaviotas y las cucarachas sabían que su vida peligraba cerca de la malvada mujer. A las hormigas ni les pasaba por la cabeza hacer su hormiguero cerca de su casa porque sabían que la señora les echaría encima agua caliente.

Hasta que un día sus hijos y todos los habitantes del pueblo se cansaron de ella y prefirieron huir de allí porque temían por sus vidas. Desde entonces, las plazas estaban vacías, ya no ladraban los perros en las calles ni volaban los pajaritos en el cielo ni buscaban flores las abejas. Sólo se oía el silbido del viento y el repiquetear de las gotas de lluvia contra los tejados de las casas. Fue así como la mala mujer se quedó sola, solitita, sin nadie a quien molestar o rasguñar. El único ser que aún vivía allí era una paloma mensajera que se había quedado atrapada en la jaula de una casa vecina. La espantosa mujer se divertía dándole de comer todos los días migas de pan mojadas en salsa de chile y agua revuelta con vinagre. Unas veces le arrancaba una pluma y otras le torcía los dedos de las patas. Cuando la pobre paloma estaba a punto de morir, la señora, desesperada por no tener alguien a quien pegarle, reconoció que sólo ella podría ayudarla para atraer nuevamente a los habitantes del pueblo. Entonces decidió darle las migas de pan sin salsa de chile, el agua pura y, después de unos días, se atrevió a hacerle unas caricias. Cuando estaba convencida de que la paloma ya era su amiga y de que llevaría un mensaje a sus hijos y a los habitantes del pueblo, escribió un recadito, se lo puso en el pico y la echó a volar. A los cuantos días, los antiguos habitantes del pueblo volvieron, ya que la peor de todas las señoras del mundo les pidió disculpas en el recadito:

Quiero que me perdonen. He recapacitado y creo que yo era una mala persona.

Ya volveré a ser como era antes. Para que me lo crean, me voy a dejar pisar y rasguñar por todos los que quieran hacerlo.

Al poco tiempo la gente volvió al pueblo, regresó a sus casas y con gran alegría rasguñó y pisó a la horrorosa mujer. Y desde entonces, volvió a ser la peor, la más peor, la peorsísima de todas las mujeres del mundo. Les pegaba cachetadas a sus hijos, mordía las orejas de los carpinteros, apagaba su puro en los ombligos de los taxistas, daba cocos en las cabezas de los niños, puntapiés a las viejitas, piquetes de ojos a los generales del ejército y reglazos en las manos de los policías. Luego le echaba carne podrida a los perros, rasguñaba con sus largas uñas las trompas de los elefantes, le torcía el cuello a las jirafas y se comía vivas a las indefensas tarántulas. Hasta los leones se portaban como gatitos cuando la veían, porque ella les jalaba tanto la melena que los dejaba pelones y con lágrimas en los ojos. Y qué decir de las flores: en unas cuantas horas no hubo una sola que conservara sus pétalos. Pero sucedió también que un buen día, mientras la señora dormía su siesta, todos los habitantes del pueblo se reunieron en la plaza central. El jefe de los bomberos dijo:

-Esto ya no puede seguir así.

-Es cierto- lo respaldó el boticario.

-¿Y por qué no- preguntó un niño- la convencemos de que ya nos deje de molestar?

-Ja, ja, ja- pegaron todos una sonora carcajada, que apagaron de inmediato por temor a despertarla.

-No- intervino el más viejo del pueblo-. Lo que debemos de hacer es engañarla.

-¿Engañarla? - se sorprendió el dueño de la fábrica de hielo-. ¿Cómo vamos a engañarla?

-Muy fácil - aseguró el viejito-. Cuando ella nos pegue vamos a darle las gracias. Si nos muerde las orejas, le pedimos que lo haga otra vez. Si nos rasguña, le decimos que es lo más delicioso que hemos sentido en la vida. ¿Qué les parece?

-¡Oh, oh!- exclamaron todos con los ojos abiertos.

-No es mala idea- añadió el dueño de la mayor flotilla de camellos del pueblo.

Y así quedaron de acuerdo.

La señora se despertó de su siesta hecha una furia. Tenía unas ganas enormes de pellizcar a un niño. Al primero que encontró, que era su hijo mayor, lo prendió del cachete y no lo soltó hasta después de media hora. El hijo, aguantando el dolor le dijo:

-Gracias, mamita, ¿podrías darme otro pellizco? Ándale, por favor, aunque sea uno solo…

La señora, extrañada al principio, le dijo que no, que él no merecía un premio así. Luego se fue contra la vecina. En cuanto la vio le dio una tremenda patada en la espinilla con la punta de su bota. Aunque le dolió en el alma, la vecina se mordió los labios, aguantó las lágrimas y le dijo a la agresora:

-Muchas gracias, muchas gracias. ¿Le puedo pedir un favor? Deme también una patada en las pompas. Se siente muy rico. Nunca me había pegado alguien tan bien como usted. Pega tan fuerte…

-¡No, no y no! ¿Quién se cree que es para pedirme un favor?

Como vio que estaban sucediendo cosas muy raras, la mala mujer fue a buscar al zapatero y le jaló los pelos tanto que se quedó con ellos en la mano.

-Muchas gracias, doña- le dijo-, le agradecería que me quitara los demás pelos. Tengo unas ganas de quedarme pelón que ni se lo imagina. Y lo hace usted con tanta delicadeza…Créame que ni el mejor peluquero del mundo lo haría tan bien.

Y así fue la peor señora del mundo con todos y cada uno de los habitantes del pueblo, hasta que llegó la noche y le dio sueño. Mientras ella dormía, la gente volvió a reunirse.

-Creo- dijo el más viejo- que nuestro plan está funcionando. Ahora tenemos que seguir engañándola. Cuando a ella se le ocurra hacer alguna cosa buena, si es que se le ocurre, vamos a quejarnos como si nos doliera y fuera la peor cosa que alguien pudiera hacer.

La sonrisa se apoderó de todas las bocas, que a coro respondieron:

-¡De acuerdo!

A la mañana siguiente, la peor señora del mundo se levantó de pésimo humor. Fue a la cocina a prepararles a sus hijos su comida para perros. Hizo un fuerte coraje cuando descubrió que la caja estaba vacía.

-¡Puaj!- se quejó-. Tendré que darles de desayunar cereal con leche y miel.

Los niños, en cuanto vieron sus platos servidos, empezaron a quejarse.

-Mamá, ¿qué es esto tan espantoso?

-¡Es cereal con miel, niño tonto!

-Yo no quiero.

-Ni yo- dijo el más chico con una lágrima en los ojos.

-Prefiero comida para perros.

-Yo también- gritaron los otros al mismo tiempo.

La mamá los obligó a todos a comer lo que les había servido. Y ellos, por supuesto, pusieron tal cara de asco que parecía que se estaban comiendo un guisado de alacranes. Después de dejar a sus hijos en la escuela se topó en el camino con el herrero, que le dijo:

-Disculpe, señora, ¿podría hacerme el favor de darme un karatazo en la espalda?

-¡No! ¿Quién se cree usted que es para pedirme un favor, eh?

Estaba la señora tan enojada y tan confundida con todo lo que pasaba a su alrededor que, sin darse cuenta, le dio una moneda al limosnero del pueblo. Éste se enfureció y le reclamó:

-¿Qué le sucede, señora? Llévese su horrible dinero a otra parte. No me insulte con su caridad.

Contenta de saber que eso no le gustaba al limosnero, sacó de su bolsa todos los billetes y todas las monedas que tenía y se los arrojó al sombrero. Y así sucedió con todos y cada uno de los habitantes del pueblo.

Desde entonces todos vivieron felices, pues la peor señora del mundo seguía haciendo las cosas malas más buenas del mundo, mientras el pueblo se divertía a sus anchas con sus engaños.




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