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viernes, 19 de julio de 2013

Amalia Lu Posso Figueroa, otra forma de contar la alegría de su pueblo

http://m.eltiempo.com/opinion/columnistas/enriquesantosmolano/sabrina-y-las-nanas-negras/8450722

En el preiódico ELMUNDO dicen de Amalia Lu:

En Nanas y otras negruras, por ejemplo, está la alegría atávica de la tierra africana echa esplendor; el libro es un canto a las costumbres y al corazón de sus gentes. En Valentina, uno de sus cuentos, están retratadas las nanas chocoanas que poblaron el mundo de sonrisas blancas: “Mi nana Valentina tenía el ritmo en el pensar; ella debe ser la responsable de mi fiebre roja de juventud. Valentina era grande como la catedral de Quibdó; tenía una sonrisa que llenaba el mundo y dejaba ver unos dientes enormes, blanquísimos, perfectos; tenía la voz grave y la ternura de su raza. Mi nana Valentina salió adelante en la primera manifestación de rechazo a la orden de desmembrar al Chocó”. […] 

Sobre su tema recurrente, las nanas, dice Amalia Lú: “Yo tuve dos nanas cuando niña…, nanas negras de voz cadenciosa, cadera suelta, pero mira, todo eso mediatizado por el clima y por el entorno. El sitio donde yo nací, que se llama el Chocó, tiene forma de cadera de mujer, y lo forman un pedazo en el caribe y todo el pacífico. Un sitio de mucha selva, de muchos soles, muchos pájaros, un sitio maravilloso, con muchos ríos, es el sitio con nivel de pluviosidad más alto. Llueve todos los días, todas las noches, casi toda la noche”. 

El libro Vean vé, mis nanas negras, se editó en el 2001; es una preciosa edición donde recoge 25 cuentos de nanas. En el tercer relato, titulado Secundina Caldón, leemos: “Secundina Caldón, la nana Caldondina, tenía el ritmo en el sembrar o, como decían todas las gentes: tenía buena mano. 

Lo que tocaba la nana Caldondina embarnecía, florecía, engrosaba y se enhiestaba, por eso en una época se pensó que podía hacer tratamientos cuando a los hombres no les funcionaba el carrizo, pero la nana Caldondina necesitaba la tierra como elemento de embarnecira, la frondosidad, espesura y los palos erguidos se lograban pero saliendo siempre de la tierra y quedándose en ella. A la orilla del San Juan, en Samurindó, pueblo donde nació Secundina, decían que ella le había hecho florecer la varita a san José. 

La paliadera de mi casa, que cuidaba con esmero la nana Caldondina, era una explosión de color: salían juntas, mano de león, lluvia de oro, heliotropo y buenas tardes; brotaban flores amarillas incandescentes, casi naranja, flores rojas en todas las gamas hasta llegar a un rojo-negro, flores blanquísimas en forma de cartucho con espigo amarillo, llamaban niño en cuna; había jazmín del cabo, dalia, bonche, corona de espinas y zapatico de la reina, el milpesos estaba al lado del palo de culebra, del árbol del pan y del corozo, y entre todas crecía el borojó; para sembrarlo la nana Caldondina se rodeaba de la magia que exige sembrar borojó: enterraba dos palitos, uno muy cerca del otro, la hembra pegada del macho, es la única forma en que pelecha el borojó, el palo hembra que da la olorosa bola café oscura, rozando al palo que ostenta su capacho largo, amarillo, pálido, con el que la toca como picha suave hasta que brota el borojó. El pedazo de la paliadera sembrado de magia, se movía por las noches con el vaivén que tiene el ritmo del amor”. […] 

Para evitar la repetición insustancial de las minibiografías que hablan de dónde nació y donde murió el autor (estando vivo aún); de su vida, obra y milagros, Amalia Lú, nos ofrece, muy con sabor a Quibdó, una semblanza que escribieron sus nanas con letras indelebles y vitales en su piel, en su sonrisa y en sus dientes: “Nací y crecí en Quibdó, me mojó el aguacero, me abrazó el calor, el viento me levantó la falda empapada en sudor, el pacó y el manduro aromaron mi espacio, el borojó y el marañón pusieron sabor en mi lengua, el río Atrato llevó mis ojos a viajar, la chirimía con su música enseñó mi cuerpo a cimbrear, y mis nanas negras llenaron de fantasías las interminables tardes plenas de relatos bulliciosos, acariciándome al mismo tiempo que borboritaban las palabras en zigzag. En ese momento no lo imaginaba, pero lo supe después: mis nanas negras me enseñaron a disfrutar al milímetro la riqueza del cuerpo, me metieron en el corrinche de gozar con todos los ritmos que tiene mi cuerpo. 

Después, mucho tiempo después, la universidad Nacional de Colombia aceleró el ritmo de mi cerebro, formándome como psicóloga, para que ayudara a desacelerar el ritmo del cerebro de los demás. Allí se disparó el ritmo de mi lado izquierdo y aprendí que lo más justo de los ritmos es el que te permite pelear por el bienestar de los demás. Trabajé muchos años formando niños y jóvenes en el buen sentido del ritmo, me adentré en todos los vericuetos del arte, hice y hago psicoterapia con ritmo y ahora escribo cuentos, que me han permitido reencontrar los sonidos de mi selva, el gusto de caminar descalza sobre la arena mojada, la carcajada espontánea y la picardía de mi gente. Todo bajo la mirada amorosa y estricta de Valentina y Yohir Akerman Posso, que son lo mejor que la vida ha traído a mi ritmo”. 

Amalia Lú Posso Figueroa, la que nació y vivió su chocó; la que canta con orgullo sus nanas y su gente en cualquier parte del mundo, lleva, como Manuel Zapata Olivella, Candelario Obeso o Jorge Artel, la alegría de su raza y la llama libertaria de su sangre y de sus ser.

http://www.elmundo.com/portal/resultados/detalles/?idx=125951


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